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Nuestros niños y adolescentes crecen en un mundo complicado y exigente. Más que nunca es necesario criarlos, formándolos y templándolos con la fuerza suficiente para poder resistir a las dificultades y construir una vida feliz a partir (y a pesar) de ellas.
Si bien sigue siendo el amor incondicional de los padres el ingrediente imprescindible de una crianza saludable, lamentablemente no siempre es suficiente. Además de quererlos como sólo los padres pueden hacerlo, es necesario demostrarlo, dedicarse y darles la seguridad de que son nuestra prioridad en la vida. También es necesario ser capaces de ofrecerles las experiencias necesarias para que desarrollen su personalidad, para que sepan defenderse de tentaciones y de las malas influencias, para que sepan ponerse metas y trabajar por ellas, no dejándose amedrentar ni por dificultades, ni obstáculos ni fracasos … ¿Y si les dijera que hay una manera de acercarse a todo eso con seguridad? Es un camino que no se compra ni se consiga sólo con desearlo. Es algo en lo que, como padres, hay que trabajar todos los días desde que nuestros hijos existen : su fortaleza emocional. La fortaleza emocional es la capacidad de ser fuertes por dentro, de tener confianza en uno mismo y en la capacidad de dar batalla a las dificultades, de saber manejar el estrés y las frustraciones de modo de que no nos paralicen, de tener autocontrol y ser capaces de sentir y expresar nuestras emociones con fluidez y adecuación. La fortaleza emocional se compone de muchas habilidades y capacidades que todos tenemos la potencialidad de desarrollar. Entre todas ellas hay una que resulta medular por su impacto en el bienestar de la persona y por su papel impulsor de la acción constructiva y saludable: la autoestima.

Qué es y qué no es la autoestima saludable

Tener autoestima no es creerse que uno es el mejor en todo, y mucho menos necesitarlo imperiosamente para ser feliz. Tener una autoestima saludable significa estar razonablemente satisfecho consigo mismo, reconocer las fortalezas y las debilidades propias con realismo y confiar en poder superarse.
La autoestima se basa en la capacidad de cada uno de establecer la propia identidad y atribuirle valor : saber quien somos y estar satisfechos con ello, aun en la imperfección y perfectibilidad.
Los niños que han aprendido a valorarse bien a sí mismos:
• Son más creativos, porque se atreven a correr el riesgo de pensar, imaginar e inventar.
• Son más populares, ya que asumen roles sociales más activos, aportan ideas atractivas y respetan a los demás.
• Avanzan en la vida , porque son capaces de ponerse metas altas pero alcanzables con un esfuerzo realizable. No se creen omnipotentes, pero se saben fuertes.
• No se paralizan por la duda o la inseguridad, porque no le temen al error gracias a que se les ha enseñado que el error o la dificultad está en el camino de los logros, y porque confían en que pueden sortearlos.
• Son menos influenciables por los demás y resisten mejor la presión social porque confían en si mismos y saben defenderse

El proceso de construcción de una autoestima saludable comienza muy tempranamente, en el marco de los primeros vínculos con los padres. Es central para este proceso que los padres acepten a este hijo en su completa realidad, permitiéndole ser todo lo diferente que sea de su “hijo soñado” Nadie es capaz de valorarse a sí mismo si primero no fue aceptado y valorado por sus figuras primarias de apego. Será su mirada, su aceptación y estímulo lo que nos mandará los primeros mensajes de cuan valiosos somos.
Unos padres que saben cuidar y proteger cuando es necesario, y que permiten explorar el mundo y correr riesgos cuando es posible son padres que trasmiten confianza en las posibilidades del hijo y le inyectan seguridad en sí mismo. Darles la autonomía necesaria, dejar crecer a nuestros hijos en salud implica dejarlos alejarse de uno mismo como padre cuidante. Es necesario que enfrenten algún peligro para desarrollar estrategias de autocuidado y de protección. No ayuda temerle a que sufran los avatares normales de la vida. El sufrimiento normal de la vida normal es necesario y deseable si queremos criar personas que sepan qué hacer con sus emociones.
El estilo de disciplina que utilicemos ejerce un impacto poderoso en la construcción de la autoestima, a la que podemos imaginar como una influyente vocecita interior que nos da confianza y nos estimula al esfuerzo o que nos boicotea anunciándonos fracaso y oprobio. Esa vocecita puede ser nuestra amiga o nuestra enemiga y se hace oír cada vez que enfrentamos un desafío o una actividad. ¿De qué depende que nos aliente o que nos anuncie el fracaso inevitable? Lo que pensamos de nosotros mismos es heredero de la voz de nuestros padres y de nuestros docentes a lo largo de los fermentales años de la infancia. Si fuimos criados por adultos que fueron más sensibles a nuestros avances que a nuestros errores y que nos demostraron confianza y que nos permitieron equivocarnos y volverlo a intentar, nuestra vocecita será igualmente estimulante y benévola. Si, por el contrario, fuimos criados en la hipercrítica, en el castigo sistemático de todos los errores y en el no reconocimiento de lo que se hace bien, porque podría haberse hecho mejor…nuestra vocecita nos tenderá miles de deletéreos obstáculos interiores cuando tengamos que enfrentar algún desafío.
Una vez más, lo que como padres hagamos hoy tendrá relación con el mañana en la vida de nuestros hijos. Vale la pena hacer el esfuerzo por ser los mejores padres que podamos ser.

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