La vida con hijos es rica en emociones y en experiencias. Día a día, y a lo largo de toda la vida, nuestra relación con ellos nos enfrenta a nuevas alegrías, inesperados dilemas y una proporción variable de dolores de cabeza. Uno de los motivos que más frecuentemente perturba la tan ansiada paz hogareña son las peleas entre los hijos. Con tristeza, desazón y enojo vemos cómo hay momentos en los cuales cualquier motivo es válido para una reyerta : el lugar en la mesa o en el coche, una mirada especial o un tarareo inconveniente.

De hecho, la relación fraterna tiene la característica de ser muy fuerte y también muy ambivalente: implica mucho amor, pero también competencia y rivalidad.
Los hermanos son pares unidos por la biología y por los lazos de convivencia, enfrentados a la no fácil tarea de compartir espacio , objetos y afectos importantes. Es una situación en la cual es humanamente imposible que no se planteen conflictos. Es más, probablemente en buena medida la función ecológica de los hermanos sea ofrecer la oportunidad para ensayar estrategias de relacionamiento, negociación y habilidad para resolver problemas. Es con ellos que se descubren y practican estrategias de convivencia y de supervivencia que serán muy útiles para la vida futura fuera de la familia.

Hay diferentes situaciones de “pelea”, que pueden tener diferentes causas y significados. Hay peleas que son fundamentalmente una forma más de comunicación , de juego y de entretenimiento . Otras, representan el uso del único recurso aprendido para resolver conflictos, como un reflejo del estilo de reacción familiar. Otros hermanos pelean como consecuencia de la percepción, equivocada o no, de inequidades en el trato que reciben. Otros pelean porque están tristes malhumorados y frustrados y los hermanos son lo más cercano para descargar su malestar. Si en casa las peleas son demasiadas, siempre es un buen comienzo plantearse si hay algún motivo especial que esté aumentando un fenómeno que, por su frecuencia, podemos considerar “casi normal”.

¿Existen las “peleas normales”?

Algunas de estas situaciones de conflicto entre hermanos son un fenómeno tan esperable y frecuente que nos hemos acostumbrado a considerarlas como “normales”. De hecho, es razonable considerar que pueden representar algo así como una “gimnasia social”, para ejercitar algunas habilidades útiles. Algunas de las características de estas “peleas” son:

  • están causadas por la defensa legítima del territorio y la propiedad
  • la intensidad de la expresión emocional se mantiene razonablemente controlada
  • no son la única o principal manera de interactuar entre ellos
  • frente al ataque exterior, se unen y protejen
  • no hay roles fijos de abusador y abusado

¿ CÓMO REACCIONAR ?

No existe una manera inmediata y automática de solucionar la rivalidad fraterna y sus múltiples expresiones. El gran desafío para los padres es saber y poder manejar estas situaciones, y lograr hacer de ellas una experiencia de aprendizaje y formación.
entender qué es lo que motiva las peleas y revisar aspectos de la dinámica familiar que puedan estar siendo denunciados con el aumento de peleas , es un buen comienzo
mantener la calma y no sobre-reaccionar ni explotar emocionalmente es imprescindible si queremos hacer de la experiencia, un ejercicio educativo. Es fundamental que nos demos tiempo a pensar : “¿Será necesario que yo intervenga?” . Hay muchos casos en los cuales la mejor respuesta a esta pregunta es “no”. Si sólo están discutiendo, si no hay violencia física ni emocional y/o si la intención de la pelea es conseguir nuestra atención no debemos intervenir. En esos casos, lo más saludables es permitirles hacer el ejercicio interior de encontrar solución al conflicto por sí mismos.
En caso que decidamos intervenir es necesario tener un accionar claro. Como siempre que encaramos la tarea de poner límites, será necesario hablar y será necesario actuar.

etapa 1: clarificación de las reglas
Esta etapa se explicitan claramente las reglas , lo que queremos de su comportamiento y también porqué, en un buen clima, con tranquilidad y calidez.
Es necesario que quede claro que no esperamos que nunca estén en desacuerdo ni que toleren pasivamente cualquier agresión o atropello, sino que lo que esperamos es que aprendan a resolver los conflictos sin gritos, insultos o golpes. Así como les enseñamos a cruzar la calle, también es necesario que les enseñemos soluciones alternativas que resolver los problemas sin agresiones.

etapa 2: actuar
Si, de todas maneras la pelea improductiva y violenta se desencadena, los padres deben actuar, poniendo la consecuencia negativa que ya debió ser advertida con anticipación. Esta consecuencia negativa debe ser siempre no violenta, lo más inmediata posible y debe recaer sobre todos los implicados en la pelea. Muchos padres optan por interrumpir la diversión o lo que estaban haciendo y mandar a cada uno a lugares diferentes “en penitencia”, lo que resulta útil generalmente. No es este momento de escuchar descargos ni motivos: simplemente se penaliza la regla que fue violentada.

etapa 3: hablar nuevamente
Una vez pasado el momento agudo, y ya todos en otro estado de ánimo , llega nuevamente el momento de hablar.
Es importante recordar que el rol del padre o de la madre NO puede ser el de un “juez”, sino el de un “entrenador” orientando y enseñando habilidades.

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