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Quien haya tenido la experiencia de tener padres que discutieran mucho o lo hicieran violentamente, recordarán perfectamente  la devastante sensación de miedo que eso les provocaba. Los niños necesitan sentir que sus padres son una unidad fuerte para cuidarlos, protegerlos y acompañarlos en la vida por lo que cualquier amenaza de perderla les genera mucha angustia.

Hay discusiones en la pareja que  forman parte de lo esperable para una vida en común y que, desde la percepción de los adultos,  no ponen para nada en riesgo la fortaleza de la misma. Aún en esos casos, un niño sensible o sensibilizado por experiencias paralelas, puede preocuparse mucho con ellas.

En otros casos, las discusiones en sí mismas tienen ingredientes que naturalmente provocan el temor de los hijos. Por ejemplo, si la discusión está cargada de violencia verbal, emocional o física no sólo sufrirán sino que también estarán incorporando pésimas estrategias de resolución de conflictos y de interacción entre adultos. Es muy duro emocionalmente para un hijo ver a sus padres agredirse de cualquier manera. Son experiencias que siempre dejan huellas negativas en los hijos.

Otras veces el daño proviene de la extremada frecuencia con que se suscitan las discusiones. La discordia crónica es indudablemente un factor de riesgo para la salud mental de los hijos criados en ese clima. Algunas veces esta discordia es ruidosa y explícita, otras, silenciosa y solapada. Ambas producen daño. Muchos padres creen que si disimulan el desencuentro, si evitan las peleas los hijos no sufrirán sus consecuencias. Se equivocan. No es necesaria ninguna escena patética para que los hijos perciban el desamor o la hostilidad.

Sin embargo, no todos los conflictos entre los padres son dañinos. Es altamente probable que los padres más eficientes como tales sean aquellos que saben dar a sus hijos las mejores herramientas para funcionar bien en el mundo de verdad. Estos hijos serán personas que no se quebrarán con el primer viento que sople porque han sabido fortalecer su esencia soportando vientitos que los fortalecieron en su momento.

Aprender que vivimos en un mundo imperfecto habitado por seres humanos imperfectos es una de esas cosas que nos preparan para la vida real. Aprender que no es imprescindible vivir en una nube rosada para ser feliz es muy protector. Darse cuenta que aún en la diferencia y el desacuerdo, sus padres siguen siendo socios activos y responsables en los roles cuidantes es una manera mucho más sana y realista de sentirse seguros de verdad.

Ese tipo de enseñanza no es la que se adquiere en la escuela ni en los libros, ni siquiera con el mejor de los sermones. Se aprende de ver vivir a nuestros adultos significativos. Los hijos aprenden tanto de sus padres y de manera tan inadvertida porque toman lo que ellos hacen como modelo de la manera de hacer las cosas. Pasan muchos años antes de que sean capaces de mirar con ojos críticos , de pasar sus actitudes por el raciocinio. Sencillamente creen que los que sus padres hacen es lo que debe hacerse.

Si los padres logran expresar sus diferencias, incluso su enojo, de una manera adecuada los niños recibirán una de las lecciones más valiosas de su vida.

Si los padres logran discutir sin olvidarse del respeto y cariño que se tienen, les estaremos enseñando algo muy importante: el desacuerdo no nos vuelve enemigos, es posible negociar y acordar buenas soluciones que les demuestran que los conflictos pueden resolverse de manera saludable.

Los conflictos ocasionales bien resueltos no afectan a la mayor parte de los niños, que simplemente aprenden que convivir y compartir implica una sabia danza de negociación y respeto. Tarde o temprano los niños llegan a darse cuenta que sus padres son personas, y que las personas sanas tienen ideas, reacciones, emociones y actitudes que las definen y que les son propias. Pronto se darán cuenta también que los intereses o las necesidades de las personas no siempre coinciden, y que hay maneras diferentes de procesar esas diferencias. Aprender a hacerlo sin violencia y con respeto, en el cálido modelo del hogar es muy bueno.

Si por el contrario, siempre se evita todo tipo de discusión o desacuerdo estaremos ofreciéndoles como cierta la idea falsa de que tienen un par de padres que siempre están de acuerdo en todo, o que la gente que se quiere no puede pensar de manera diferente No es por cierto este un buen camino para prepararlos para la vida de verdad. Mucho más saludable que aparentar un acuerdo permanente y falso es enseñarles a resolver de manera adecuada los desacuerdos.

¿Qué aspectos de las discusiones hay que cuidar?

  • Si los hijos son muy pequeños no lograrán sacar buenas conclusiones de presenciar una discusión. Sólo percibirán el tono y seguramente reaccionarán con miedo e inseguridad. Si son chiquitos, es preferible ahorrarles estas experiencias para las cuales aún no están prontos.
  • Si ya son más grandes y pueden entender la situación que se desencadena en su presencia, es fundamental mantener el clima de respeto y de cariño en el cambio de ideas, demostrando que ambos son capaces de escucharse y llegar a algún acuerdo.
  • Nunca discutan frente a los hijos temas que tienen que ver con la intimidad de la pareja, o con temas exclusivamente adultos. Sin mantener a los niños en una falsa cajita de cristal, es necesario protegerlos de la información que no están en condiciones de metabolizar.
  • No es conveniente tener frente a los niños discusiones en relación al estilo de crianza o disciplina, y mucho menos generando ningún tipo de desautorización a sus ojos.
  • Jamás los involucren en la discusión ni como informantes ni como jueces. Ponerlos en situación de alianza y/o denuncia les genera conflictos de lealtades demasiado pesados.
  • Nunca se involucren en una discusión si han consumido alcohol u otras sustancias que alteran el autocontrol y las posibilidades de intercambio inteligente.
  • Siempre terminen la discusión con una demostración de cariño. Es fundamental que a los hijos les queden claro que enojarse o pensar diferente no significa dejarse de querer.

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La vida con hijos es rica en emociones y en experiencias. Día a día, y a lo largo de toda la vida, nuestra relación con ellos nos enfrenta a nuevas alegrías, inesperados dilemas y una proporción variable de dolores de cabeza. Uno de los motivos que más frecuentemente perturba la tan ansiada paz hogareña son las peleas entre los hijos. Con tristeza, desazón y enojo vemos cómo hay momentos en los cuales cualquier motivo es válido para una reyerta : el lugar en la mesa o en el coche, una mirada especial o un tarareo inconveniente.

De hecho, la relación fraterna tiene la característica de ser muy fuerte y también muy ambivalente: implica mucho amor, pero también competencia y rivalidad.
Los hermanos son pares unidos por la biología y por los lazos de convivencia, enfrentados a la no fácil tarea de compartir espacio , objetos y afectos importantes. Es una situación en la cual es humanamente imposible que no se planteen conflictos. Es más, probablemente en buena medida la función ecológica de los hermanos sea ofrecer la oportunidad para ensayar estrategias de relacionamiento, negociación y habilidad para resolver problemas. Es con ellos que se descubren y practican estrategias de convivencia y de supervivencia que serán muy útiles para la vida futura fuera de la familia.

Hay diferentes situaciones de “pelea”, que pueden tener diferentes causas y significados. Hay peleas que son fundamentalmente una forma más de comunicación , de juego y de entretenimiento . Otras, representan el uso del único recurso aprendido para resolver conflictos, como un reflejo del estilo de reacción familiar. Otros hermanos pelean como consecuencia de la percepción, equivocada o no, de inequidades en el trato que reciben. Otros pelean porque están tristes malhumorados y frustrados y los hermanos son lo más cercano para descargar su malestar. Si en casa las peleas son demasiadas, siempre es un buen comienzo plantearse si hay algún motivo especial que esté aumentando un fenómeno que, por su frecuencia, podemos considerar “casi normal”.

¿Existen las “peleas normales”?

Algunas de estas situaciones de conflicto entre hermanos son un fenómeno tan esperable y frecuente que nos hemos acostumbrado a considerarlas como “normales”. De hecho, es razonable considerar que pueden representar algo así como una “gimnasia social”, para ejercitar algunas habilidades útiles. Algunas de las características de estas “peleas” son:

  • están causadas por la defensa legítima del territorio y la propiedad
  • la intensidad de la expresión emocional se mantiene razonablemente controlada
  • no son la única o principal manera de interactuar entre ellos
  • frente al ataque exterior, se unen y protejen
  • no hay roles fijos de abusador y abusado

¿ CÓMO REACCIONAR ?

No existe una manera inmediata y automática de solucionar la rivalidad fraterna y sus múltiples expresiones. El gran desafío para los padres es saber y poder manejar estas situaciones, y lograr hacer de ellas una experiencia de aprendizaje y formación.
entender qué es lo que motiva las peleas y revisar aspectos de la dinámica familiar que puedan estar siendo denunciados con el aumento de peleas , es un buen comienzo
mantener la calma y no sobre-reaccionar ni explotar emocionalmente es imprescindible si queremos hacer de la experiencia, un ejercicio educativo. Es fundamental que nos demos tiempo a pensar : “¿Será necesario que yo intervenga?” . Hay muchos casos en los cuales la mejor respuesta a esta pregunta es “no”. Si sólo están discutiendo, si no hay violencia física ni emocional y/o si la intención de la pelea es conseguir nuestra atención no debemos intervenir. En esos casos, lo más saludables es permitirles hacer el ejercicio interior de encontrar solución al conflicto por sí mismos.
En caso que decidamos intervenir es necesario tener un accionar claro. Como siempre que encaramos la tarea de poner límites, será necesario hablar y será necesario actuar.

etapa 1: clarificación de las reglas
Esta etapa se explicitan claramente las reglas , lo que queremos de su comportamiento y también porqué, en un buen clima, con tranquilidad y calidez.
Es necesario que quede claro que no esperamos que nunca estén en desacuerdo ni que toleren pasivamente cualquier agresión o atropello, sino que lo que esperamos es que aprendan a resolver los conflictos sin gritos, insultos o golpes. Así como les enseñamos a cruzar la calle, también es necesario que les enseñemos soluciones alternativas que resolver los problemas sin agresiones.

etapa 2: actuar
Si, de todas maneras la pelea improductiva y violenta se desencadena, los padres deben actuar, poniendo la consecuencia negativa que ya debió ser advertida con anticipación. Esta consecuencia negativa debe ser siempre no violenta, lo más inmediata posible y debe recaer sobre todos los implicados en la pelea. Muchos padres optan por interrumpir la diversión o lo que estaban haciendo y mandar a cada uno a lugares diferentes “en penitencia”, lo que resulta útil generalmente. No es este momento de escuchar descargos ni motivos: simplemente se penaliza la regla que fue violentada.

etapa 3: hablar nuevamente
Una vez pasado el momento agudo, y ya todos en otro estado de ánimo , llega nuevamente el momento de hablar.
Es importante recordar que el rol del padre o de la madre NO puede ser el de un “juez”, sino el de un “entrenador” orientando y enseñando habilidades.

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